«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»
(Lc 9,23)
8 de abril - Roma Celebración diocesana
Domingo de Ramos
PARA LA XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23).Amadísimos jóvenes: 1. Mientras me dirijo a vosotros con alegría y afecto con ocasión de nuestra tradicional cita anual, conservo en los ojos y en el corazón la imagen sugestiva de la gran "Puerta" en la explanada de Tor Vergata, en Roma. La tarde del 19 de agosto del año pasado, al comienzo de la vigilia de la XV Jornada mundial de la juventud, con cinco jóvenes de los cinco continentes, tomándonos de la mano, crucé ese umbral bajo la mirada de Cristo crucificado y resucitado, como para entrar simbólicamente con todos vosotros en el tercer milenio.Quiero expresar aquí, desde lo más íntimo de mi corazón, mi agradecimiento sincero a Dios por el don de la juventud, que por medio de vosotros permanece en la Iglesia y en el mundo (cf. Homilía en Tor Vergata, 20 de agosto de 2000).Deseo, además, darle vivamente las gracias porque me ha concedido acompañar a los jóvenes del mundo durante los dos últimos decenios del siglo recién concluido, indicándoles el camino que lleva a Cristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). Pero, a la vez, le doy gracias porque los jóvenes han acompañado y casi sostenido al Papa a lo largo de su peregrinación apostólica por los países de la tierra.¿Qué fue la XV Jornada mundial de la juventud sino un intenso momento de contemplación del misterio del Verbo hecho carne por nuestra salvación? ¿No fue una extraordinaria ocasión para celebrar y proclamar la fe de la Iglesia y para proyectar un renovado compromiso cristiano, dirigiendo juntos la mirada al mundo, que espera el anuncio de la Palabra que salva? Los auténticos frutos del jubileo de los jóvenes no se pueden calcular en estadísticas, sino únicamente en obras de amor y justicia, en la fidelidad diaria, valiosa aunque a menudo poco visible. Queridos jóvenes, a vosotros, y especialmente a quienes participaron directamente en aquel inolvidable encuentro, confié la tarea de dar al mundo este coherente testimonio evangélico.2. Enriquecidos con la experiencia vivida, habéis vuelto a vuestros hogares y a vuestras ocupaciones habituales, y ahora os disponéis a celebrar en el ámbito diocesano, junto con vuestros pastores, la XVI Jornada mundial de la juventud.En esta ocasión, quisiera invitaros a reflexionar en las condiciones que Jesús pone a quien decide ser su discípulo: "Si alguno quiere venir en pos de mí -dice-, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte. Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede "comprender" con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones.Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias, y así realiza la misión de salvación para cuantos creen en él y lo aman, no con palabras, sino de forma concreta. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor (cf. carta apostólica Salvifici doloris, 17-18).3. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Estas palabras expresan el radicalismo de una opción que no admite vacilaciones ni dar marcha atrás. Es una exigencia dura, que impresionó incluso a los discípulos y que a lo largo de los siglos ha impedido que muchos hombres y mujeres siguieran a Cristo. Pero precisamente este radicalismo también ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que confortan en el tiempo el camino de la Iglesia. Aún hoy esas palabras son consideradas un escándalo y una locura (cf. 1 Co 1, 22-25). Y, sin embargo, hay que confrontarse con ellas, porque el camino trazado por Dios para su Hijo es el mismo que debe recorrer el discípulo, decidido a seguirlo. No existen dos caminos, sino uno solo: el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro.Jesús camina delante de los suyos y a cada uno pide que haga lo que él mismo ha hecho. Les dice: yo no he venido para ser servido, sino para servir; así, quien quiera ser como yo, sea servidor de todos. Yo he venido a vosotros como uno que no posee nada; así, puedo pediros que dejéis todo tipo de riqueza que os impide entrar en el reino de los cielos. Yo acepto la contradicción, ser rechazado por la mayoría de mi pueblo; puedo pediros también a vosotros que aceptéis la contradicción y la contestación, vengan de donde vengan.En otras palabras, Jesús pide que elijan valientemente su mismo camino; elegirlo, ante todo, "en el corazón", porque tener una situación externa u otra no depende de nosotros. De nosotros depende la voluntad de ser, en la medida de lo posible, obedientes como él al Padre y estar dispuestos a aceptar hasta el fondo el proyecto que él tiene para cada uno.4. "Niéguese a sí mismo". Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana, que llevó al apóstol san Pablo a afirmar: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a "pensar en sí mismo", a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión: En efecto, la vida verdadera se manifiesta en el don de sí, fruto de la gracia de Cristo: una existencia libre, en comunión con Dios y con los hermanos (cf. Gaudium et spes, 24).Si vivir siguiendo al Señor se convierte en el valor supremo, entonces todos los demás valores reciben de este su correcta valoración e importancia. Quien busca únicamente los bienes terrenos, será un perdedor, a pesar de las apariencias de éxito: la muerte lo sorprenderá con un cúmulo de cosas, pero con una vida fallida (cf. Lc 12, 13-21). Por tanto, hay que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre la verdad y la mentira.5. "Tome su cruz y sígame". De la misma manera que la cruz puede reducirse a mero objeto ornamental, así también "tomar la cruz" puede llegar a ser un modo de decir. Pero en la enseñanza de Jesús esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor.No se puede hablar de la cruz sin considerar el amor que Dios nos tiene, el hecho de que Dios quiere colmarnos de sus bienes. Con la invitación "sígueme", Jesús no sólo repite a sus discípulos: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos. Así, Cristo abre ante nosotros el "camino de la vida", que, por desgracia, está constantemente amenazado por el "camino de la muerte". El pecado es este camino que separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad.El "camino de la vida", que imita y renueva las actitudes de Jesús, es el camino de la fe y de la conversión; o sea, precisamente el camino de la cruz. Es el camino que lleva a confiar en él y en su designio salvífico, a creer que él murió para manifestar el amor de Dios a todo hombre; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo fragmentaria, confusa y contradictoria; es el camino de la felicidad de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida diaria; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación y soledad, porque llena el corazón del hombre de la presencia de Jesús; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón.6. Queridos jóvenes, nos os parezca extraño que, al comienzo del tercer milenio, el Papa os indique una vez más la cruz como camino de vida y de auténtica felicidad. La Iglesia desde siempre cree y confiesa que sólo en la cruz de Cristo hay salvación.Una difundida cultura de lo efímero, que asigna valor a lo que agrada y parece hermoso, quisiera hacer creer que para ser felices es necesario apartar la cruz. Presenta como ideal un éxito fácil, una carrera rápida, una sexualidad sin sentido de responsabilidad y, finalmente, una existencia centrada en la afirmación de sí mismos, a menudo sin respeto por los demás.Sin embargo, queridos jóvenes, abrid bien los ojos: este no es el camino que lleva a la vida, sino el sendero que desemboca en la muerte. Jesús dice: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará". Jesús no nos engaña: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?" (Lc 9, 24-25). Con la verdad de sus palabras, que parecen duras, pero llenan el corazón de paz, Jesús nos revela el secreto de la vida auténtica (cf. Discurso a los jóvenes de Roma, 2 de abril de 1998).Así pues, no tengáis miedo de avanzar por el camino que el Señor recorrió primero. Con vuestra juventud, imprimid en el tercer milenio que se abre el signo de la esperanza y del entusiasmo típico de vuestra edad. Si dejáis que actúe en vosotros la gracia de Dios, si cumplís vuestro importante compromiso diario, haréis que este nuevo siglo sea un tiempo mejor para todos.Con vosotros camina María, la Madre del Señor, la primera de los discípulos, que permaneció fiel al pie de la cruz, desde la cual Cristo nos confió a ella como hijos suyos. Y os acompañe también la bendición apostólica, que os imparto de todo corazón.
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23).Amadísimos jóvenes: 1. Mientras me dirijo a vosotros con alegría y afecto con ocasión de nuestra tradicional cita anual, conservo en los ojos y en el corazón la imagen sugestiva de la gran "Puerta" en la explanada de Tor Vergata, en Roma. La tarde del 19 de agosto del año pasado, al comienzo de la vigilia de la XV Jornada mundial de la juventud, con cinco jóvenes de los cinco continentes, tomándonos de la mano, crucé ese umbral bajo la mirada de Cristo crucificado y resucitado, como para entrar simbólicamente con todos vosotros en el tercer milenio.Quiero expresar aquí, desde lo más íntimo de mi corazón, mi agradecimiento sincero a Dios por el don de la juventud, que por medio de vosotros permanece en la Iglesia y en el mundo (cf. Homilía en Tor Vergata, 20 de agosto de 2000).Deseo, además, darle vivamente las gracias porque me ha concedido acompañar a los jóvenes del mundo durante los dos últimos decenios del siglo recién concluido, indicándoles el camino que lleva a Cristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). Pero, a la vez, le doy gracias porque los jóvenes han acompañado y casi sostenido al Papa a lo largo de su peregrinación apostólica por los países de la tierra.¿Qué fue la XV Jornada mundial de la juventud sino un intenso momento de contemplación del misterio del Verbo hecho carne por nuestra salvación? ¿No fue una extraordinaria ocasión para celebrar y proclamar la fe de la Iglesia y para proyectar un renovado compromiso cristiano, dirigiendo juntos la mirada al mundo, que espera el anuncio de la Palabra que salva? Los auténticos frutos del jubileo de los jóvenes no se pueden calcular en estadísticas, sino únicamente en obras de amor y justicia, en la fidelidad diaria, valiosa aunque a menudo poco visible. Queridos jóvenes, a vosotros, y especialmente a quienes participaron directamente en aquel inolvidable encuentro, confié la tarea de dar al mundo este coherente testimonio evangélico.2. Enriquecidos con la experiencia vivida, habéis vuelto a vuestros hogares y a vuestras ocupaciones habituales, y ahora os disponéis a celebrar en el ámbito diocesano, junto con vuestros pastores, la XVI Jornada mundial de la juventud.En esta ocasión, quisiera invitaros a reflexionar en las condiciones que Jesús pone a quien decide ser su discípulo: "Si alguno quiere venir en pos de mí -dice-, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte. Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede "comprender" con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones.Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias, y así realiza la misión de salvación para cuantos creen en él y lo aman, no con palabras, sino de forma concreta. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor (cf. carta apostólica Salvifici doloris, 17-18).3. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Estas palabras expresan el radicalismo de una opción que no admite vacilaciones ni dar marcha atrás. Es una exigencia dura, que impresionó incluso a los discípulos y que a lo largo de los siglos ha impedido que muchos hombres y mujeres siguieran a Cristo. Pero precisamente este radicalismo también ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que confortan en el tiempo el camino de la Iglesia. Aún hoy esas palabras son consideradas un escándalo y una locura (cf. 1 Co 1, 22-25). Y, sin embargo, hay que confrontarse con ellas, porque el camino trazado por Dios para su Hijo es el mismo que debe recorrer el discípulo, decidido a seguirlo. No existen dos caminos, sino uno solo: el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro.Jesús camina delante de los suyos y a cada uno pide que haga lo que él mismo ha hecho. Les dice: yo no he venido para ser servido, sino para servir; así, quien quiera ser como yo, sea servidor de todos. Yo he venido a vosotros como uno que no posee nada; así, puedo pediros que dejéis todo tipo de riqueza que os impide entrar en el reino de los cielos. Yo acepto la contradicción, ser rechazado por la mayoría de mi pueblo; puedo pediros también a vosotros que aceptéis la contradicción y la contestación, vengan de donde vengan.En otras palabras, Jesús pide que elijan valientemente su mismo camino; elegirlo, ante todo, "en el corazón", porque tener una situación externa u otra no depende de nosotros. De nosotros depende la voluntad de ser, en la medida de lo posible, obedientes como él al Padre y estar dispuestos a aceptar hasta el fondo el proyecto que él tiene para cada uno.4. "Niéguese a sí mismo". Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana, que llevó al apóstol san Pablo a afirmar: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a "pensar en sí mismo", a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión: En efecto, la vida verdadera se manifiesta en el don de sí, fruto de la gracia de Cristo: una existencia libre, en comunión con Dios y con los hermanos (cf. Gaudium et spes, 24).Si vivir siguiendo al Señor se convierte en el valor supremo, entonces todos los demás valores reciben de este su correcta valoración e importancia. Quien busca únicamente los bienes terrenos, será un perdedor, a pesar de las apariencias de éxito: la muerte lo sorprenderá con un cúmulo de cosas, pero con una vida fallida (cf. Lc 12, 13-21). Por tanto, hay que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre la verdad y la mentira.5. "Tome su cruz y sígame". De la misma manera que la cruz puede reducirse a mero objeto ornamental, así también "tomar la cruz" puede llegar a ser un modo de decir. Pero en la enseñanza de Jesús esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor.No se puede hablar de la cruz sin considerar el amor que Dios nos tiene, el hecho de que Dios quiere colmarnos de sus bienes. Con la invitación "sígueme", Jesús no sólo repite a sus discípulos: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos. Así, Cristo abre ante nosotros el "camino de la vida", que, por desgracia, está constantemente amenazado por el "camino de la muerte". El pecado es este camino que separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad.El "camino de la vida", que imita y renueva las actitudes de Jesús, es el camino de la fe y de la conversión; o sea, precisamente el camino de la cruz. Es el camino que lleva a confiar en él y en su designio salvífico, a creer que él murió para manifestar el amor de Dios a todo hombre; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo fragmentaria, confusa y contradictoria; es el camino de la felicidad de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida diaria; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación y soledad, porque llena el corazón del hombre de la presencia de Jesús; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón.6. Queridos jóvenes, nos os parezca extraño que, al comienzo del tercer milenio, el Papa os indique una vez más la cruz como camino de vida y de auténtica felicidad. La Iglesia desde siempre cree y confiesa que sólo en la cruz de Cristo hay salvación.Una difundida cultura de lo efímero, que asigna valor a lo que agrada y parece hermoso, quisiera hacer creer que para ser felices es necesario apartar la cruz. Presenta como ideal un éxito fácil, una carrera rápida, una sexualidad sin sentido de responsabilidad y, finalmente, una existencia centrada en la afirmación de sí mismos, a menudo sin respeto por los demás.Sin embargo, queridos jóvenes, abrid bien los ojos: este no es el camino que lleva a la vida, sino el sendero que desemboca en la muerte. Jesús dice: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará". Jesús no nos engaña: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?" (Lc 9, 24-25). Con la verdad de sus palabras, que parecen duras, pero llenan el corazón de paz, Jesús nos revela el secreto de la vida auténtica (cf. Discurso a los jóvenes de Roma, 2 de abril de 1998).Así pues, no tengáis miedo de avanzar por el camino que el Señor recorrió primero. Con vuestra juventud, imprimid en el tercer milenio que se abre el signo de la esperanza y del entusiasmo típico de vuestra edad. Si dejáis que actúe en vosotros la gracia de Dios, si cumplís vuestro importante compromiso diario, haréis que este nuevo siglo sea un tiempo mejor para todos.Con vosotros camina María, la Madre del Señor, la primera de los discípulos, que permaneció fiel al pie de la cruz, desde la cual Cristo nos confió a ella como hijos suyos. Y os acompañe también la bendición apostólica, que os imparto de todo corazón.
Vaticano, 14 de febrero de 2001
A LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA COMO PREPARACIÓN PARA LA XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
Jueves 5 de abril de 2001
Amadísimos jóvenes de Roma, "centinelas de la mañana en esta alba del tercer milenio": 1. Al entrar en esta plaza, observaros y escuchar las palabras de vuestros amigos y del cardenal vicario, he vuelto con la mente y con el corazón a los inolvidables momentos que vivimos juntos durante la XV Jornada mundial de la juventud, en agosto del año pasado. Es un recuerdo que no se borra de la memoria. No podemos menos de dar gracias al Señor por la Jornada mundial de la juventud del año 2000 y, al mismo tiempo, por el jubileo de los jóvenes. ¡Gracias a Dios y gracias a vosotros, amadísimos jóvenes amigos! Os saludo con afecto, y al mismo tiempo deseo recordar también a los jóvenes de la delegación canadiense, a quienes el domingo próximo entregaréis la cruz, que acompaña la peregrinación de las Jornadas mundiales de la juventud.A la acción de gracias por la Jornada mundial de la juventud del año 2000 deseo unir mi agradecimiento por este encuentro, cuyo significativo título es: ¡Rememos mar adentro! Queridos jóvenes romanos, esta es vuestra respuesta a la invitación que dirigí a toda la Iglesia, al término del jubileo, a "remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús.Hoy concluimos idealmente la segunda fase del "laboratorio de la fe", que comenzó en Tor Vergata. En efecto, allí, al proponeros los elevados ideales del Evangelio, os pedí que perseverarais en vuestro sí a Cristo, para realizar todos vuestros ideales más nobles.Precisamente en ese momento, cuando os "entregué nuevamente" el Evangelio y vosotros dijisteis "creo", comenzó para vosotros, jóvenes romanos, la segunda fase del "laboratorio de la fe". Gracias a la ayuda del Servicio diocesano para la pastoral juvenil, habéis emprendido un itinerario de reflexión, impulsados por el deseo de vivir juntos la misión de la Iglesia en esta ciudad. Habéis crecido en la comunión y en la convicción de que formáis parte viva de la Iglesia diocesana de Roma. Este camino os lleva hoy a responder juntos a la invitación de Jesús: ¡Rememos mar adentro!2. Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara: para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo.Queridos amigos, en mi ministerio jamás me he cansado de encontrarme con las personas, y este es también el objetivo de las peregrinaciones y las visitas pastorales que realizo. Y, si Dios quiere, ni siquiera ahora, que siento el paso de los años, pienso detenerme, porque estoy convencido de que mediante el contacto personal con los hermanos se puede anunciar más fácilmente a Cristo.Pero esta misión no es fácil; anunciar y testimoniar el Evangelio implica muchas dificultades. Sí, es verdad: vivimos en un tiempo en el que la sociedad siente el fuerte influjo de modelos de vida que ponen en primer lugar, de manera egoísta, el poseer, el placer y las apariencias. El impulso misionero de los creyentes debe confrontarse con este modo de pensar y actuar. Pero no debemos tener miedo, porque Cristo puede cambiar el corazón del hombre y es capaz de realizar una "pesca milagrosa" cuando menos lo imaginamos.3. Amadísimos muchachos y muchachas, consideremos ahora más directamente vuestra realidad. Vosotros —sobre todo los adolescentes— vivís una edad difícil, llena de entusiasmo, pero expuesta también a extravíos peligrosos. Por vuestra falta de experiencia corréis el riesgo de ser víctimas de especuladores de emotividad, que, en vez de estimular en vosotros una conciencia crítica, tienden a exaltar la despreocupación y a proponer opciones inmorales como valores. Reducen todo umbral entre el bien y el mal, y presentan la verdad con el perfil mudable de la oportunidad.Deseo que tengáis a vuestro lado padres y madres que sean auténticos educadores; amigos sinceros, leales y fieles; personas maduras y responsables, que se preocupen por vosotros y os ayuden a tender hacia las metas elevadas que Jesús mismo propone en el Evangelio.Quisiera dirigir aquí un apremiante llamamiento a todas las instituciones educativas, a fin de que se pongan sin ambigüedad al servicio de las nuevas generaciones para ayudarles a crecer de modo sereno y conforme a su dignidad. Me dirijo, ante todo, a las familias cristianas, a fin de que sean auténticas comunidades, "laboratorios" donde se eduque en la fe y en la fidelidad al amor; familias creyentes, dispuestas a ayudar a las que atraviesan dificultades, para que todo hijo que nazca pueda experimentar la tierna paternidad de Dios.4. Para eso es preciso una auténtica revolución cultural y espiritual, que lleve el Evangelio a los ámbitos de la vida. Queridos jóvenes, convertíos en promotores de esta revolución pacífica, capaz de testimoniar el amor de Cristo a todos, comenzando por los más necesitados y los que sufren. Podéis hacer mucho si permanecéis unidos, rechazando a quienes os presenten metas fáciles, que rebajan el nivel y la calidad de la vida moral. Os habla un Papa que ya tiene ochenta años, pero que conserva un corazón joven, porque siempre ha querido caminar y desea seguir caminando con vosotros, jóvenes, que sois la esperanza de la Iglesia y de la sociedad.También ahora me dirijo a vuestro corazón joven. Antes de que yo llegara aquí, a la plaza, habéis estado de fiesta con cantantes, danzantes y deportistas. Cuando ponen su profesionalidad al servicio de los valores verdaderos, pueden prestar un valioso servicio a la juventud. A ellos y a todos los que pueden influir de forma positiva, o negativa, en la vida de los muchachos y los jóvenes, les pido que tomen conciencia de su gran responsabilidad.A vosotros, queridos muchachos y muchachas, os repito: estad atentos a lo que se os propone. Cuando os presenten palabras y estilos de vida antievangélicos, tened la fuerza de decir no.5. "Remar mar adentro" significa rechazar todo lo negativo que se os ofrece, y poner vuestra creatividad y vuestro entusiasmo al servicio de Cristo. He escuchado las iniciativas con las que queréis emprender, junto con toda la comunidad diocesana, un camino de bien arduo pero fecundo. Os animo a trabajar en constante comunicación entre vosotros, con la ayuda de los servicios diocesanos para la pastoral juvenil. Asimismo, pido a los movimientos y a las nuevas comunidades que inserten sus experiencias en la Iglesia local y en las parroquias, para que tenga éxito esta obra misionera que siempre es preciso promover y realizar juntos.Con la ayuda de los adultos y de los sacerdotes de vuestras comunidades organizad momentos formativos sobre las cuestiones actuales más importantes. Al compartir la vida de vuestros coetáneos en los lugares de estudio, de diversión, de deportes y de cultura, procurad llevarles el anuncio liberador del Evangelio. Reactivad los oratorios, adaptándolos a las exigencias de los tiempos, como puentes entre la Iglesia y la calle, con particular atención a los marginados, a quienes atraviesan momentos de dificultad, y a los que han caído en las redes del extravío y de la delincuencia. En la pastoral de la escuela y de la universidad esforzaos por organizar grupos estudiantiles y laboratorios culturales que sean un punto de referencia para vuestros amigos. No olvidéis tampoco acompañar a quienes viven momentos de dolor y enfermedad: en esas situaciones es más fácil que nunca abrirse al Dios de la vida.Que en la base de todo esté la relación diaria y sincera con el divino Maestro, es decir, la oración, la escucha de la palabra de Dios y la meditación, la celebración eucarística, la adoración de la Eucaristía y el sacramento de la confesión. A este propósito, me complace la hermosa iniciativa de muchos de vosotros de reuniros, todos los jueves por la noche, para rezar en la iglesia de Santa Inés en Agone, en la plaza Navona. Asimismo, acompañaré espiritualmente a los que participéis en la peregrinación a Tierra Santa, programada para el próximo mes de septiembre. Volver a las fuentes de la fe y a la oración no significa refugiarse en un vago sentimentalismo religioso, sino más bien contemplar el rostro de Cristo, condición indispensable para poder reflejarlo después en la vida.6. Así pues, os propongo una vez más el arduo pero exaltante ideal evangélico. Amadísimos jóvenes, no tengáis miedo y no os sintáis solos. Junto a vosotros están vuestras familias, vuestros educadores y vuestros sacerdotes. También el Papa está cerca de vosotros. Y, sobre todo, está cerca de vosotros Jesús, el primero en obedecer a la voluntad del Padre y permitir que lo clavaran en la cruz para redimir al mundo. Como recordé en el Mensaje para la Jornada mundial de la juventud, que celebraremos el próximo domingo, el camino de la cruz es la senda que él nos propone.Jóvenes centinelas de esta alba del tercer milenio, no temáis asumir vuestra responsabilidad misionera, que deriva de vuestro bautismo y de vuestra confirmación. Y si el Señor os llama a servirlo más de cerca en el sacerdocio o en un estado de consagración especial, seguidlo con generosidad.Os acompaña a cada uno María, la joven Virgen de Nazaret, que dijo "sí" a Dios y dio a Cristo a la humanidad. Que os ayuden vuestros numerosos coetáneos cuya plena fidelidad al Evangelio ha reconocido la Iglesia, proponiéndolos como ejemplos dignos de imitar e intercesores que podéis invocar. Entre estos, quisiera recordar al beato Pier Giorgio Frassati, de cuyo nacimiento precisamente mañana se celebrará el centenario. Tratad de conocerlo. Su existencia de joven "normal" demuestra que se puede ser santos viviendo intensamente la amistad, el estudio, el deporte y el servicio a los pobres, mediante una relación constante con Dios. A él le encomiendo vuestro compromiso misionero.En cuanto a mí, os acompaño con el afecto y la oración, a la vez que os bendigo de corazón a vosotros, así como a vuestras familias y a los jóvenes de toda la ciudad de Roma.
XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
Amadísimos jóvenes de Roma, "centinelas de la mañana en esta alba del tercer milenio": 1. Al entrar en esta plaza, observaros y escuchar las palabras de vuestros amigos y del cardenal vicario, he vuelto con la mente y con el corazón a los inolvidables momentos que vivimos juntos durante la XV Jornada mundial de la juventud, en agosto del año pasado. Es un recuerdo que no se borra de la memoria. No podemos menos de dar gracias al Señor por la Jornada mundial de la juventud del año 2000 y, al mismo tiempo, por el jubileo de los jóvenes. ¡Gracias a Dios y gracias a vosotros, amadísimos jóvenes amigos! Os saludo con afecto, y al mismo tiempo deseo recordar también a los jóvenes de la delegación canadiense, a quienes el domingo próximo entregaréis la cruz, que acompaña la peregrinación de las Jornadas mundiales de la juventud.A la acción de gracias por la Jornada mundial de la juventud del año 2000 deseo unir mi agradecimiento por este encuentro, cuyo significativo título es: ¡Rememos mar adentro! Queridos jóvenes romanos, esta es vuestra respuesta a la invitación que dirigí a toda la Iglesia, al término del jubileo, a "remar mar adentro", confiando en la palabra y en la presencia vivificante de Jesús.Hoy concluimos idealmente la segunda fase del "laboratorio de la fe", que comenzó en Tor Vergata. En efecto, allí, al proponeros los elevados ideales del Evangelio, os pedí que perseverarais en vuestro sí a Cristo, para realizar todos vuestros ideales más nobles.Precisamente en ese momento, cuando os "entregué nuevamente" el Evangelio y vosotros dijisteis "creo", comenzó para vosotros, jóvenes romanos, la segunda fase del "laboratorio de la fe". Gracias a la ayuda del Servicio diocesano para la pastoral juvenil, habéis emprendido un itinerario de reflexión, impulsados por el deseo de vivir juntos la misión de la Iglesia en esta ciudad. Habéis crecido en la comunión y en la convicción de que formáis parte viva de la Iglesia diocesana de Roma. Este camino os lleva hoy a responder juntos a la invitación de Jesús: ¡Rememos mar adentro!2. Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara: para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo.Queridos amigos, en mi ministerio jamás me he cansado de encontrarme con las personas, y este es también el objetivo de las peregrinaciones y las visitas pastorales que realizo. Y, si Dios quiere, ni siquiera ahora, que siento el paso de los años, pienso detenerme, porque estoy convencido de que mediante el contacto personal con los hermanos se puede anunciar más fácilmente a Cristo.Pero esta misión no es fácil; anunciar y testimoniar el Evangelio implica muchas dificultades. Sí, es verdad: vivimos en un tiempo en el que la sociedad siente el fuerte influjo de modelos de vida que ponen en primer lugar, de manera egoísta, el poseer, el placer y las apariencias. El impulso misionero de los creyentes debe confrontarse con este modo de pensar y actuar. Pero no debemos tener miedo, porque Cristo puede cambiar el corazón del hombre y es capaz de realizar una "pesca milagrosa" cuando menos lo imaginamos.3. Amadísimos muchachos y muchachas, consideremos ahora más directamente vuestra realidad. Vosotros —sobre todo los adolescentes— vivís una edad difícil, llena de entusiasmo, pero expuesta también a extravíos peligrosos. Por vuestra falta de experiencia corréis el riesgo de ser víctimas de especuladores de emotividad, que, en vez de estimular en vosotros una conciencia crítica, tienden a exaltar la despreocupación y a proponer opciones inmorales como valores. Reducen todo umbral entre el bien y el mal, y presentan la verdad con el perfil mudable de la oportunidad.Deseo que tengáis a vuestro lado padres y madres que sean auténticos educadores; amigos sinceros, leales y fieles; personas maduras y responsables, que se preocupen por vosotros y os ayuden a tender hacia las metas elevadas que Jesús mismo propone en el Evangelio.Quisiera dirigir aquí un apremiante llamamiento a todas las instituciones educativas, a fin de que se pongan sin ambigüedad al servicio de las nuevas generaciones para ayudarles a crecer de modo sereno y conforme a su dignidad. Me dirijo, ante todo, a las familias cristianas, a fin de que sean auténticas comunidades, "laboratorios" donde se eduque en la fe y en la fidelidad al amor; familias creyentes, dispuestas a ayudar a las que atraviesan dificultades, para que todo hijo que nazca pueda experimentar la tierna paternidad de Dios.4. Para eso es preciso una auténtica revolución cultural y espiritual, que lleve el Evangelio a los ámbitos de la vida. Queridos jóvenes, convertíos en promotores de esta revolución pacífica, capaz de testimoniar el amor de Cristo a todos, comenzando por los más necesitados y los que sufren. Podéis hacer mucho si permanecéis unidos, rechazando a quienes os presenten metas fáciles, que rebajan el nivel y la calidad de la vida moral. Os habla un Papa que ya tiene ochenta años, pero que conserva un corazón joven, porque siempre ha querido caminar y desea seguir caminando con vosotros, jóvenes, que sois la esperanza de la Iglesia y de la sociedad.También ahora me dirijo a vuestro corazón joven. Antes de que yo llegara aquí, a la plaza, habéis estado de fiesta con cantantes, danzantes y deportistas. Cuando ponen su profesionalidad al servicio de los valores verdaderos, pueden prestar un valioso servicio a la juventud. A ellos y a todos los que pueden influir de forma positiva, o negativa, en la vida de los muchachos y los jóvenes, les pido que tomen conciencia de su gran responsabilidad.A vosotros, queridos muchachos y muchachas, os repito: estad atentos a lo que se os propone. Cuando os presenten palabras y estilos de vida antievangélicos, tened la fuerza de decir no.5. "Remar mar adentro" significa rechazar todo lo negativo que se os ofrece, y poner vuestra creatividad y vuestro entusiasmo al servicio de Cristo. He escuchado las iniciativas con las que queréis emprender, junto con toda la comunidad diocesana, un camino de bien arduo pero fecundo. Os animo a trabajar en constante comunicación entre vosotros, con la ayuda de los servicios diocesanos para la pastoral juvenil. Asimismo, pido a los movimientos y a las nuevas comunidades que inserten sus experiencias en la Iglesia local y en las parroquias, para que tenga éxito esta obra misionera que siempre es preciso promover y realizar juntos.Con la ayuda de los adultos y de los sacerdotes de vuestras comunidades organizad momentos formativos sobre las cuestiones actuales más importantes. Al compartir la vida de vuestros coetáneos en los lugares de estudio, de diversión, de deportes y de cultura, procurad llevarles el anuncio liberador del Evangelio. Reactivad los oratorios, adaptándolos a las exigencias de los tiempos, como puentes entre la Iglesia y la calle, con particular atención a los marginados, a quienes atraviesan momentos de dificultad, y a los que han caído en las redes del extravío y de la delincuencia. En la pastoral de la escuela y de la universidad esforzaos por organizar grupos estudiantiles y laboratorios culturales que sean un punto de referencia para vuestros amigos. No olvidéis tampoco acompañar a quienes viven momentos de dolor y enfermedad: en esas situaciones es más fácil que nunca abrirse al Dios de la vida.Que en la base de todo esté la relación diaria y sincera con el divino Maestro, es decir, la oración, la escucha de la palabra de Dios y la meditación, la celebración eucarística, la adoración de la Eucaristía y el sacramento de la confesión. A este propósito, me complace la hermosa iniciativa de muchos de vosotros de reuniros, todos los jueves por la noche, para rezar en la iglesia de Santa Inés en Agone, en la plaza Navona. Asimismo, acompañaré espiritualmente a los que participéis en la peregrinación a Tierra Santa, programada para el próximo mes de septiembre. Volver a las fuentes de la fe y a la oración no significa refugiarse en un vago sentimentalismo religioso, sino más bien contemplar el rostro de Cristo, condición indispensable para poder reflejarlo después en la vida.6. Así pues, os propongo una vez más el arduo pero exaltante ideal evangélico. Amadísimos jóvenes, no tengáis miedo y no os sintáis solos. Junto a vosotros están vuestras familias, vuestros educadores y vuestros sacerdotes. También el Papa está cerca de vosotros. Y, sobre todo, está cerca de vosotros Jesús, el primero en obedecer a la voluntad del Padre y permitir que lo clavaran en la cruz para redimir al mundo. Como recordé en el Mensaje para la Jornada mundial de la juventud, que celebraremos el próximo domingo, el camino de la cruz es la senda que él nos propone.Jóvenes centinelas de esta alba del tercer milenio, no temáis asumir vuestra responsabilidad misionera, que deriva de vuestro bautismo y de vuestra confirmación. Y si el Señor os llama a servirlo más de cerca en el sacerdocio o en un estado de consagración especial, seguidlo con generosidad.Os acompaña a cada uno María, la joven Virgen de Nazaret, que dijo "sí" a Dios y dio a Cristo a la humanidad. Que os ayuden vuestros numerosos coetáneos cuya plena fidelidad al Evangelio ha reconocido la Iglesia, proponiéndolos como ejemplos dignos de imitar e intercesores que podéis invocar. Entre estos, quisiera recordar al beato Pier Giorgio Frassati, de cuyo nacimiento precisamente mañana se celebrará el centenario. Tratad de conocerlo. Su existencia de joven "normal" demuestra que se puede ser santos viviendo intensamente la amistad, el estudio, el deporte y el servicio a los pobres, mediante una relación constante con Dios. A él le encomiendo vuestro compromiso misionero.En cuanto a mí, os acompaño con el afecto y la oración, a la vez que os bendigo de corazón a vosotros, así como a vuestras familias y a los jóvenes de toda la ciudad de Roma.
XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo de Ramos 8 de abril de 2001
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1. "¡Hosanna!", "¡crucifícale!". Con estas dos palabras, gritadas probablemente por la misma multitud a pocos días de distancia, se podría resumir el significado de los dos acontecimientos que recordamos en esta liturgia dominical.Con la aclamación: "Bendito el que viene", en un arrebato de entusiasmo, la gente de Jerusalén, agitando ramos de palma, acoge a Jesús que entra en la ciudad montado en un borrico. Con la palabra: "¡Crucifícale!", gritada dos veces con creciente vehemencia, la multitud reclama del gobernador romano la condena del acusado que, en silencio, está de pie en el pretorio.Por tanto, nuestra celebración comienza con un "¡Hosanna!" y concluye con un "¡Crucifícale!". La palma del triunfo y la cruz de la Pasión: no es un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que queremos proclamar. Jesús se entregó voluntariamente a la Pasión, no fue oprimido por fuerzas mayores que él. Afrontó libremente la muerte en la cruz, y en la muerte triunfó.Escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado la "hora", y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres: "Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).2. Hoy contemplamos a Jesús que se acerca al término de su vida y se presenta como el Mesías esperado por el pueblo, que fue enviado por Dios y vino en su nombre a traer la paz y la salvación, aunque de un modo diverso de como lo esperaban sus contemporáneos.La obra de salvación y de liberación realizada por Jesús perdura a lo largo de los siglos. Por este motivo la Iglesia, que cree con firmeza que él está presente aunque de modo invisible, no se cansa de aclamarlo con la alabanza y la adoración. Por consiguiente, nuestra asamblea proclama una vez más: "¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor".3. La lectura de la página evangélica ha puesto ante nuestros ojos las escenas terribles de la pasión de Jesús: su sufrimiento físico y moral, el beso de Judas, el abandono de los discípulos, el proceso en presencia de Pilato, los insultos y escarnios, la condena, la vía dolorosa y la crucifixión. Por último, el sufrimiento más misterioso: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Un fuerte grito, y luego la muerte.¿Por qué todo esto? El inicio de la plegaria eucarística nos dará la respuesta: "El cual (Cristo), siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar, fuimos justificados" (Prefacio).Así pues, en esta celebración expresamos nuestra gratitud y nuestro amor a Aquel que se sacrificó por nosotros, al Siervo de Dios que, como había dicho el profeta, no se rebeló ni se echó atrás, ofreció la espalda a los que lo golpeaban, y no ocultó su rostro a insultos y salivazos (cf. Is 50, 4-7).4. Pero la Iglesia, al leer el relato de la Pasión, no se limita a considerar únicamente los sufrimientos de Jesús; se acerca con emoción y confianza a este misterio, sabiendo que su Señor ha resucitado. La luz de la Pascua hace descubrir la gran enseñanza que encierra la Pasión: la vida se afirma con la entrega sincera de sí hasta afrontar la muerte por los demás, por Dios.Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la cruz. Y así dejó a sus discípulos y a la Iglesia una enseñanza muy valiosa: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24).5. El domingo de Ramos se celebra también, desde hace años, la Jornada mundial de la juventud, vuestra jornada, amadísimos jóvenes, que habéis venido de las diversas parroquias de la diócesis de Roma y de otras partes del mundo. Juntamente con vosotros, saludo con afecto y esperanza también a vuestros coetáneos que, en las diferentes Iglesias particulares, celebran hoy la XVI Jornada mundial de la juventud, la primera del nuevo milenio.Saludo en particular a los jóvenes de la delegación canadiense, encabezada por el arzobispo de Toronto, cardenal Ambrozic, que se encuentran entre nosotros para acoger la cruz en torno a la cual se reunirán los jóvenes de los cinco continentes durante la próxima Jornada mundial de 2002. A todos y a cada uno reafirmo una vez más con fuerza que la cruz de Cristo es el camino de vida y salvación, el camino para llegar a la palma del triunfo en el día de la resurrección.¿Qué vemos en la cruz que se eleva ante nosotros y que, desde hace dos mil años, el mundo no deja de interrogar y la Iglesia de contemplar? Vemos a Jesús, el Hijo Dios que se hizo hombre para que el hombre vuelva a Dios. Él, sin pecado, está ahora ante nosotros crucificado. Es libre, aunque esté clavado al madero. Es inocente, a pesar de la inscripción que anuncia el motivo de su condena. No le han quebrantado ningún hueso (cf. Sal 34, 21), porque es la columna fundamental de un mundo nuevo. No han rasgado su túnica (cf. Jn 19, 24), porque vino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos por el pecado (cf. Jn 11, 52). Su cuerpo no será enterrado, sino puesto en un sepulcro excavado en la roca (cf. Lc 23, 53), porque no puede sufrir corrupción el cuerpo del Señor de la vida, que ha vencido a la muerte.6. Amadísimos jóvenes, Jesús murió y resucitó, y ahora vive para siempre. Dio su vida. Pero nadie se la quitó; la entregó "por nosotros" (Jn 10, 18). Por medio de su cruz hemos recibido la vida. Gracias a su muerte y a su resurrección el Evangelio triunfó y nació la Iglesia.Queridos jóvenes, mientras entramos confiados en el nuevo siglo y en el nuevo milenio, el Papa os repite las palabras del apóstol san Pablo: "Si morimos con él, viviremos con él; si sufrimos con él, reinaremos con él" (2 Tm 2, 11). Porque sólo Jesús es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6).Entonces, ¿quién nos separará del amor de Cristo? El Apóstol dio la respuesta también por nosotros: "Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 38-39).¡Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, Verbo de Dios, salvador del mundo!
XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
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1. "¡Hosanna!", "¡crucifícale!". Con estas dos palabras, gritadas probablemente por la misma multitud a pocos días de distancia, se podría resumir el significado de los dos acontecimientos que recordamos en esta liturgia dominical.Con la aclamación: "Bendito el que viene", en un arrebato de entusiasmo, la gente de Jerusalén, agitando ramos de palma, acoge a Jesús que entra en la ciudad montado en un borrico. Con la palabra: "¡Crucifícale!", gritada dos veces con creciente vehemencia, la multitud reclama del gobernador romano la condena del acusado que, en silencio, está de pie en el pretorio.Por tanto, nuestra celebración comienza con un "¡Hosanna!" y concluye con un "¡Crucifícale!". La palma del triunfo y la cruz de la Pasión: no es un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que queremos proclamar. Jesús se entregó voluntariamente a la Pasión, no fue oprimido por fuerzas mayores que él. Afrontó libremente la muerte en la cruz, y en la muerte triunfó.Escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado la "hora", y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres: "Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).2. Hoy contemplamos a Jesús que se acerca al término de su vida y se presenta como el Mesías esperado por el pueblo, que fue enviado por Dios y vino en su nombre a traer la paz y la salvación, aunque de un modo diverso de como lo esperaban sus contemporáneos.La obra de salvación y de liberación realizada por Jesús perdura a lo largo de los siglos. Por este motivo la Iglesia, que cree con firmeza que él está presente aunque de modo invisible, no se cansa de aclamarlo con la alabanza y la adoración. Por consiguiente, nuestra asamblea proclama una vez más: "¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor".3. La lectura de la página evangélica ha puesto ante nuestros ojos las escenas terribles de la pasión de Jesús: su sufrimiento físico y moral, el beso de Judas, el abandono de los discípulos, el proceso en presencia de Pilato, los insultos y escarnios, la condena, la vía dolorosa y la crucifixión. Por último, el sufrimiento más misterioso: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Un fuerte grito, y luego la muerte.¿Por qué todo esto? El inicio de la plegaria eucarística nos dará la respuesta: "El cual (Cristo), siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar, fuimos justificados" (Prefacio).Así pues, en esta celebración expresamos nuestra gratitud y nuestro amor a Aquel que se sacrificó por nosotros, al Siervo de Dios que, como había dicho el profeta, no se rebeló ni se echó atrás, ofreció la espalda a los que lo golpeaban, y no ocultó su rostro a insultos y salivazos (cf. Is 50, 4-7).4. Pero la Iglesia, al leer el relato de la Pasión, no se limita a considerar únicamente los sufrimientos de Jesús; se acerca con emoción y confianza a este misterio, sabiendo que su Señor ha resucitado. La luz de la Pascua hace descubrir la gran enseñanza que encierra la Pasión: la vida se afirma con la entrega sincera de sí hasta afrontar la muerte por los demás, por Dios.Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la cruz. Y así dejó a sus discípulos y a la Iglesia una enseñanza muy valiosa: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24).5. El domingo de Ramos se celebra también, desde hace años, la Jornada mundial de la juventud, vuestra jornada, amadísimos jóvenes, que habéis venido de las diversas parroquias de la diócesis de Roma y de otras partes del mundo. Juntamente con vosotros, saludo con afecto y esperanza también a vuestros coetáneos que, en las diferentes Iglesias particulares, celebran hoy la XVI Jornada mundial de la juventud, la primera del nuevo milenio.Saludo en particular a los jóvenes de la delegación canadiense, encabezada por el arzobispo de Toronto, cardenal Ambrozic, que se encuentran entre nosotros para acoger la cruz en torno a la cual se reunirán los jóvenes de los cinco continentes durante la próxima Jornada mundial de 2002. A todos y a cada uno reafirmo una vez más con fuerza que la cruz de Cristo es el camino de vida y salvación, el camino para llegar a la palma del triunfo en el día de la resurrección.¿Qué vemos en la cruz que se eleva ante nosotros y que, desde hace dos mil años, el mundo no deja de interrogar y la Iglesia de contemplar? Vemos a Jesús, el Hijo Dios que se hizo hombre para que el hombre vuelva a Dios. Él, sin pecado, está ahora ante nosotros crucificado. Es libre, aunque esté clavado al madero. Es inocente, a pesar de la inscripción que anuncia el motivo de su condena. No le han quebrantado ningún hueso (cf. Sal 34, 21), porque es la columna fundamental de un mundo nuevo. No han rasgado su túnica (cf. Jn 19, 24), porque vino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos por el pecado (cf. Jn 11, 52). Su cuerpo no será enterrado, sino puesto en un sepulcro excavado en la roca (cf. Lc 23, 53), porque no puede sufrir corrupción el cuerpo del Señor de la vida, que ha vencido a la muerte.6. Amadísimos jóvenes, Jesús murió y resucitó, y ahora vive para siempre. Dio su vida. Pero nadie se la quitó; la entregó "por nosotros" (Jn 10, 18). Por medio de su cruz hemos recibido la vida. Gracias a su muerte y a su resurrección el Evangelio triunfó y nació la Iglesia.Queridos jóvenes, mientras entramos confiados en el nuevo siglo y en el nuevo milenio, el Papa os repite las palabras del apóstol san Pablo: "Si morimos con él, viviremos con él; si sufrimos con él, reinaremos con él" (2 Tm 2, 11). Porque sólo Jesús es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6).Entonces, ¿quién nos separará del amor de Cristo? El Apóstol dio la respuesta también por nosotros: "Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 38-39).¡Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, Verbo de Dios, salvador del mundo!
XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
JUAN PABLO II
ÁNGELUS
Domingo de Ramos, 8 de abril de 2001
Siguiendo una tradición consolidada, dentro de poco los jóvenes italianos entregarán la cruz de los jóvenes a sus coetáneos canadienses, que acogerán en su país la XVII Jornada mundial de la juventud, en el verano del año próximo. Tendrá por tema: "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Una vez más la cruz reanuda la peregrinación por los caminos del mundo, junto con las jóvenes generaciones, que entran en el nuevo milenio llevando y siguiendo el signo de Cristo muerto y resucitado, vencedor del mal y de la muerte.Saludo a los jóvenes canadienses presentes, encabezados por el arzobispo de Toronto, cardenal Ambrozic, y les confío la cruz. Os animo a prepararos bien para la próxima importante cita de la Jornada mundial de la juventud, que tiene por tema: "Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Queridos jóvenes, disponeos a dar la bienvenida a los jóvenes del mundo entero en vuestro hermoso país, renovando vuestra fidelidad a Cristo, el Señor. Fidelidad a Cristo: esta es mi invitación a todos los peregrinos de lengua inglesa. ¡Hasta nuestro encuentro en Toronto!Saludo afectuosamente a los peregrinos de lengua francesa que han participado en la liturgia del domingo de Ramos, y de manera muy especial a los jóvenes de Canadá. Queridos jóvenes, que la preparación de la XVII Jornada mundial de la juventud sea una ocasión propicia para profundizar vuestra fe y vuestra vida con Cristo, así como para dar un testimonio renovado de vuestra caridad y de la alegre apertura de vuestro corazón a las dimensiones del mundo. Os acompaña mi oración y mi afectuosa bendición apostólica.Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua alemana, en particular a los jóvenes cristianos. Queridos jóvenes amigos, esta mañana habéis cantado al Señor el "Hosanna". Que Jesucristo sea vuestro compañero de viaje y os guíe hacia la Jornada mundial de la juventud, que tendrá lugar en el verano del año próximo en Toronto. Si os orientáis hacia el Crucificado y Resucitado, ponéis vuestra vida bajo una buena estrella."Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo". Con estas palabras, lema de la próxima Jornada mundial de la juventud en Toronto, me dirijo a todos los jóvenes de lengua española. Llevad este anuncio gozoso, y al mismo tiempo exigente, a todos vuestros compañeros. Contáis con mi oración y cercanía en esta gran aventura de la evangelización.Queridos jóvenes de lengua portuguesa, testigos de la entrega de la cruz de las Jornadas de la juventud a vuestros coetáneos de Canadá, os saludo con cordialidad a vosotros, a vuestras familias y grupos eclesiales, deseando a todos una gran solidaridad de corazón y de vida junto a la cruz de tantos crucificados.La cruz que hoy entregamos a los jóvenes de Toronto ha de ser también para vosotros la luz en el camino de vuestra vida. En esta ocasión, recuerdo la Jornada mundial de la juventud que celebramos en Jasna Góra, en Czestochowa, y que fue histórica. Os pido que tengáis siempre vivo ese gran acontecimiento que vivimos hace algunos años y al mismo tiempo que miréis siempre hacia el futuro, pues las Jornadas mundiales de la juventud se trasladan de un lugar a otro, de un país a otro, de un continente a otro, del segundo milenio al tercero. ¡Que Dios os bendiga!
Siguiendo una tradición consolidada, dentro de poco los jóvenes italianos entregarán la cruz de los jóvenes a sus coetáneos canadienses, que acogerán en su país la XVII Jornada mundial de la juventud, en el verano del año próximo. Tendrá por tema: "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Una vez más la cruz reanuda la peregrinación por los caminos del mundo, junto con las jóvenes generaciones, que entran en el nuevo milenio llevando y siguiendo el signo de Cristo muerto y resucitado, vencedor del mal y de la muerte.Saludo a los jóvenes canadienses presentes, encabezados por el arzobispo de Toronto, cardenal Ambrozic, y les confío la cruz. Os animo a prepararos bien para la próxima importante cita de la Jornada mundial de la juventud, que tiene por tema: "Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Queridos jóvenes, disponeos a dar la bienvenida a los jóvenes del mundo entero en vuestro hermoso país, renovando vuestra fidelidad a Cristo, el Señor. Fidelidad a Cristo: esta es mi invitación a todos los peregrinos de lengua inglesa. ¡Hasta nuestro encuentro en Toronto!Saludo afectuosamente a los peregrinos de lengua francesa que han participado en la liturgia del domingo de Ramos, y de manera muy especial a los jóvenes de Canadá. Queridos jóvenes, que la preparación de la XVII Jornada mundial de la juventud sea una ocasión propicia para profundizar vuestra fe y vuestra vida con Cristo, así como para dar un testimonio renovado de vuestra caridad y de la alegre apertura de vuestro corazón a las dimensiones del mundo. Os acompaña mi oración y mi afectuosa bendición apostólica.Dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua alemana, en particular a los jóvenes cristianos. Queridos jóvenes amigos, esta mañana habéis cantado al Señor el "Hosanna". Que Jesucristo sea vuestro compañero de viaje y os guíe hacia la Jornada mundial de la juventud, que tendrá lugar en el verano del año próximo en Toronto. Si os orientáis hacia el Crucificado y Resucitado, ponéis vuestra vida bajo una buena estrella."Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo". Con estas palabras, lema de la próxima Jornada mundial de la juventud en Toronto, me dirijo a todos los jóvenes de lengua española. Llevad este anuncio gozoso, y al mismo tiempo exigente, a todos vuestros compañeros. Contáis con mi oración y cercanía en esta gran aventura de la evangelización.Queridos jóvenes de lengua portuguesa, testigos de la entrega de la cruz de las Jornadas de la juventud a vuestros coetáneos de Canadá, os saludo con cordialidad a vosotros, a vuestras familias y grupos eclesiales, deseando a todos una gran solidaridad de corazón y de vida junto a la cruz de tantos crucificados.La cruz que hoy entregamos a los jóvenes de Toronto ha de ser también para vosotros la luz en el camino de vuestra vida. En esta ocasión, recuerdo la Jornada mundial de la juventud que celebramos en Jasna Góra, en Czestochowa, y que fue histórica. Os pido que tengáis siempre vivo ese gran acontecimiento que vivimos hace algunos años y al mismo tiempo que miréis siempre hacia el futuro, pues las Jornadas mundiales de la juventud se trasladan de un lugar a otro, de un país a otro, de un continente a otro, del segundo milenio al tercero. ¡Que Dios os bendiga!
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